Cada padre sentirá como propios los fracasos de sus hijos. Solo después de un profundo tiempo de ponderación podrá calmar un poco su dolor y consolarse a sí mismo: no es tu culpa y no es tu decisión.
Y esto calmará el dolor y aceptará que todo esto es simplemente el reflejo de la independencia para la cual fueron criados.
Pero en ocasiones, de forma súbita, cuando el viento sople sutilmente las fragilidades de la vida, volverá y pensará: ‘lo pude haber hecho mejor.
Entonces lo mirará Dios desde el cielo y le susurrará a sus ángeles con el más grande de los orgullos. He aquí otro gran padre.
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